Maestro: ¿azar o vocación?

Maestro: ¿azar o vocación?
  • “¡Qué obstinada me tiene esa escuela, estoy ahí por culpa de mi mamá que me exige seguir estudiando, no me imagino parada frente a un aula!”.
  • “No te preocupes, lo de nosotros es graduarnos y ya, yo tampoco me veo dando clases todo el tiempo y más como están los alumnos ahora”…

La conversación de las jóvenes resonó en los oídos de todos los pasajeros del camión que recorría la ruta Matanzas-Jovellanos. Muchos intercambiamos miradas llenas de incertidumbre, y hasta contemplamos con angustia los ojos de la pequeña que presenció aquel diálogo de tono alto y carcajadas.

¿Cómo no sentir dolor por el porvenir cuando quienes tendrán en sus manos la misión de formarlo, no han percibido en el alma el llamado a ser evangelio vivo?

Elegir la profesión que marcará nuestro destino es siempre un momento difícil que requiere apoyo. No se trata de una decisión que se toma a la ligera, sino de un proceso que permita descubrir la verdadera vocación.

El maestro debe tener oficio de alfarero para moldear una obra viva, debe saber que nunca formará valores con estrategias preconcebidas, si antes no logra ser espejo de gratitud, honestidad, compromiso, humildad.

El verdadero profesor puede tomar de la mano a sus discípulos y emprender con ellos un viaje luminoso hacia un mundo de letras y números, puede lograr que al terminar el día, los estudiantes marchen a casa conversando sobre lo aprendido y contagien a sus padres con ese entusiasmo que se despierta en el corazón, cuando se abren los ojos al conocimiento.

No impone su autoridad a gritos, no se despoja de su condición de pedagogo cuando sale de la escuela, porque sabe que es un oficio eterno y anhela que al transitar por la calle, llenos de orgullo digan: “ahí va mi maestro”.

 No se trata de utopías, estoy segura de que a nuestra memoria vienen los recuerdos de profesores así, a quienes les debemos hoy nuestro presente.

¡Cuánto aportaría a la formación vocacional el intercambio con estos pedagogos que guardan historias de entrega incondicional! Hacer que florezca en nuestra sociedad la determinación de ser maestro no solo implica temas salariales (que por supuesto son relevantes), supone también que la familia cubana inculque a sus hijos e hijas el respeto por esta profesión, que parte desde el momento en que se escuchan los criterios de los profesores y se asume junto a ellos la hermosa tarea de educar.

Es necesario además que en cada barrio, en cada Consejo Popular, los educadores sean reconocidos, que se acerquen a ellos los servicios, que surjan cada vez más oportunidades para su superación y se respalden sus proyectos.

¡Cuánta satisfacción tendrían también aquellos que han dejado su hogar para brindar apoyo en otros sitios, si todas las residencias donde conviven tuviesen las condiciones idóneas, si se velara atentamente por la calidad de los alimentos que reciben y se les preguntara con frecuencia qué necesitan para sentirse a gusto!.

Aquel día, una vez finalizado el viaje, todos bajamos del camión con cierto aire de tristeza. Sin embargo, al llegar a casa, regresaron las sonrisas.

Allí estaba Yosmel, mi amigo de la infancia, con su mochila al hombro, recién llegado de la ciudad yumurina, luego de una semana ajetreada frente a sus pupilos de primer grado de la escuela Seguidores de Camilo y Ché. En silencio lo escuché referirse a los pequeños: cuánto avanzan, cómo vela por el aula para que esté siempre limpia y alegre, mientras sus ojos se llenaban de una ternura solo comparable con la de un padre cuando habla de sus hijos.

Entonces, ni siquiera conté lo sucedido, me quedé en silencio y comprendí que en esta Isla, cuna de ilustres pedagogos, existen miles de héroes anónimos que se despiertan entre pizarras y lápices. Ellos, al igual que Yosmel, no se convirtieron en maestros por azar, eligieron esa vocación como esencia definitiva y, en su ejercicio diario, inspiran, defienden, edifican el futuro.

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