Necesitamos hablar de violencia de género

Eliminación de la violencia contra la mujer

Ella necesitaba hablar con alguien, y lo hizo sin reservas, a todo volumen y en medio de la guagua, mientras sus tres amigas la miraban con recelo. Todas la escucharon y al principio hubo silencio. Luego empezaron los supuestos consejos, las recetas infalibles para complacer y sobrellevar a un hombre, y lo más abrumador fue que al final resultó que ella era la culpable de que su novio la hubiese maltratado.

“Busca el mejor momento para hablar con él”, “No lo contradigas”, “Ya se le pasará” o “La culpa es tuya, para qué lo provocas si sabes cómo es”.

Yo solo escuchaba y contenía mis ganas de entrometerme en lo que sí me importa y me duele, sorprendida, decepcionada, desorientada.

La sorpresa no fueron las “frases aleccionadoras”, por el contrario, todas en algún momento hemos escuchado ese tipo de consejos, quizás porque todas en algún momento hemos sido víctimas de la violencia física o psicológica. Pero oír esas ideas absurdas y por demás sumisas, entre adolescentes, no solo me abrumaron, más que eso, me molestaron, y desde entonces solo quise dejar de una vez aquella guagua.

Puede que los temas de violencia de género o empoderamiento femenino parezcan avanzar, si se tiene en cuenta su estudio desde la academia y las campañas que desde los medios intentan deconstruir los ejes machistas y patriarcales del fenómeno. Sin embargo, escenas como la anterior echan por tierra la teoría feminista y refuerzan la triste realidad, cada vez más establecida.

Las estadísticas no mienten. El primer Informe Nacional sobre la Implementación de la Agenda 2030, reconoció por primera vez en Cuba la incidencia en 2016 de 0,99 feminicidios por 100 000 adolescentes y mujeres de 15 y más años. En tanto, la Encuesta Nacional de Igualdad de Género 2016, realizada por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información y la Federación de Mujeres Cubanas, reveló que el 26,7 por ciento de las mujeres entrevistadas afirmó haber sido objeto de violencia en los 12 meses anteriores a la encuesta.

El flagelo no es una condición genética o biológica, ni tampoco inherente a uno u otro sexo, sino el resultado de una educación permeada de modelos machistas y patrones culturales que, desde la familia, la sociedad y la escuela se re fuerzan desde edades bien tempranas. Si a ello le sumamos productos audiovisuales plagados de estereotipos que colocan a la mujer subordinada a la voluntad masculina y circunscriben su cuerpo como simple objeto de deseo, entonces el tema aparece cada vez más enrevesado.

El asunto pasa por los roles de género impuestos socialmente, pues en muchos otros casos quienes deciden experimentar su identidad de género al margen de su sexo, así como las mujeres u hombres que asumen su sexualidad de manera diferente o no hegemónica, también resultan víctimas.

Considerar la violencia como un asunto menor trasciende estos entornos para instaurarse como una conducta frecuente y naturalizada, donde la mayoría insiste en solucionarla puertas adentro, en parte por los propios aprendizajes de subordinación, por la dependencia económica de muchas, o también por los recursos legales, a veces ineficientes, que determinan el fenómeno.

Tal vez radique en ello, y en la educación inclusiva, libre de conductas machistas, basada en el respeto y la equidad, los principales ejes a tratar como parte del difícil proceso de desprendernos del patriarcado, asumido incluso antes de nacer.

Por otro lado, generar contenidos que desde los medios de comunicación contribuyan a desmontar estos patrones, visibilizar el tema sin revictimizar, hablar abiertamente de él y que sea recurrente, sin acudir a fechas significativas, podría contribuir sin dudas a la erradicación de la violencia.

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