Aplausos por la vida: llorar de agradecimiento

Anoche lloré, y no me avergüenza decirlo, porque fue un acto de orgullo, de reconocimiento a quienes todos los días exponen sus vidas para salvar a otros: esos héroes anónimos que en estos momentos, en Cuba y en el resto del mundo, libran una batalla decisiva, vital, contra el Covid-19.

Desde el balcón de mi hogar pensé profundamente en todos y cada uno de ellas y ellos, en las distintas responsabilidades, quienes dejaron en casa y, en no pocos casos, su amada Patria, para salvar vidas, para librarnos de la letal enfermedad.

Anoche lloré y, seguro estoy, no soy el único, ni siquiera el primero, porque, como dijo el Maestro, honrar, honra, y quienes también lo hicieron desde su balcón o la puerta de la calle, a las 9:00 de la noche, lloraron desde muy adentro de sí, pensando también en quienes en hospitales y otros centros de asistencia médica llevan dentro el coronavirus o son sospechosos de haberlo asimilado por diversas vías.

También lo hice por sus familiares, hijos, esposas y esposos, hermanos, padres, amistades y por aquellos que solos, como es mi caso, nos cuidamos en extremo, como está orientado, pues por la edad y exposición diaria pudiéramos ser víctimas del Covid-19.

Lloré porque llevamos dentro el dolor perenne de quienes amamos cuando nos rodea, pero no olvidamos la realidad palpable a cada instante.

Hay que llorar, sí, también de emociones cuando conocemos que acá, allá y en otros lugares cercanos o lejanos hay quienes escapan, con la ayuda de la ciencia y nuestros especialistas, de las poderosas garras del mal.

Quizás hoy vuelva a llorar cuando, como ayer, me pare en mi balcón y dé gracias a quienes libran la vital batalla, junto a todo nuestro pueblo. Unidos, obedientes en cuanto a quedar en casa y solo salir cuando sea indispensable.

A proteger a los ancianos, me incluyo yo con mis 70 años, pero también a los niños en general, y a todos porque el Covid-19, cual bandido que nos roba la vida y la tranquilidad, ronda cerca, y solo la protección adecuada nos salva en gran medida, junto al valiente ejército de batas blancas, al que cada día debemos dedicar los más efusivos aplausos, con o sin llanto.

Las lágrimas, no pocas veces, infunden valor, dignidad y agradecimiento infinito. Aplausos infinitos por ustedes y la vida.

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