Cuando Juan Santos recibió la corona de laureles

Cuando Juan Santos recibió la corona de laureles

El sobrenombre de Atenas de Cuba es más que bien merecido a esta ciudad con nombre de ocho letras, Matanzas, que indican lo contrario al lirismo. Pero las cosas de la vida son así  y los siglos no pueden cambiarlas. Por eso recordar es revivir a los grandes cultivadores de la poesía que en este punto de la geografía mundial son muchos.

Entre ellos existió uno por el que sentir predilección: Juan Santos, quien desde el mismo momento en que se conoció  de su existencia por la obsesión de toda su vida: ser un gran poeta, afamado por el patrimonio cultural; nos invita a escribir sobre uno de los acontecimientos que le aconteció entre sus colegas de vocación.

Juan, escribió endemoniadamente, llegando a publicar con asiduidad en la prensa local sus poemas, en los que predominaba la temática religiosa; y por gestiones suyas y la colaboración de ciertos amigos, se editaron algunos de sus cuadernos, como los titulados Corona fúnebre a la muerte de mi madre, Lágrimas y flores y La caída del Nerón cubano.

Soñó ser coronado como la Avellaneda en ocasión de unos Juegos Florales y ese sueño también le fue concedido. El poeta había escrito un millar de sonetos a la  Virgen María, los cuales envió a Roma, donde, según contaba él, una casa editora de la Santa Sede se ocuparía de la publicación. Mientras subía las empinadas calles de Matanzas, Juan, en voz baja, daba vueltas y vueltas a la idea que después anunciaría con vehemencia en carta al Papa: todo bien recibido por derechos de autor sería repartido entre los pobres, menos veinte pesos para comprarle vestidos a su desvalida hermana Isabel, y otros cinco para comprar corbatas al señor Ricardo Vázquez Pérez, quien vendía hielo en la Plaza y siempre lo alentaba y protegía.

Con orgullo, Juan Santos solía repetir que Macario, arzobispo de Chipre, al ser desterrado por orden de quienes ocupaban su país en ese momento, se apresta a cumplir, inmutable, la voluntad también divina, pero antes solicita al oficial inglés que le conceda unos minutos para recoger lo que habría de llevar al destierro: "solamente dos libros, uno voluminoso que contiene la palabra de Dios, y otro de muy pocas páginas y encuadernación humilde con los versos del poeta matancero Juan Santos".

Cuando Juan Santos recibió la corona de laureles

Bien conociendo de la perpetuidad en recibir la igual corona de la Avellaneda y el ya prolongado ocaso de su vida un grupo de intelectuales de la década del 50 decidió otorgar igual reconocimiento al ya insigne cultor de versos Juan Santos Díaz y Hernández. Entre estos colegas se encontraron distinguidos autores como Hugo Ania Mercier, Ricardo Vázquez Pérez, Carilda Oliver Labra, Romualdo Suárez y José García Makú.

La unción honorífica se efectuó un domingo, a las cuatro de la tarde en el antiguo local del Sindicato de Plantas Eléctricas, sito en Tello Lamar (Calle Río) entre Jovellanos y Matanzas.

Así Juan Santos Díaz y Hernández siempre atildado con traje de dril blanco y sombrero de pajilla fue feliz por arribar al parnaso.

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