¡Cuídese, no provoque lágrimas y lamentaciones!

En la confianza está el peligro.

Jorge caminaba este martes en la tarde por la calzada de El Naranjal, en la ciudad de Matanzas. Conducía una carretilla de cajón. Hablaba en un tono que podía escucharse a pocos metros. Esto me hizo pensar en una persona anciana desequilibrada, y sentí compasión. Pero yo estaba equivocado.

Él se quejaba porque hacía unos minutos observó a varios jóvenes, en grupo, sin el nasobuco. Estaban en el parque que, desde Matanzas, da entrada al mencionado reparto.

Al acercármele, sin conocer el motivo de su exaltación, sin previas palabras, me espetó la pregunta: “¿usted los vio? No respetan nada, y van a enfermar a otras personas si lo tienen –se refería al coronavirus–, o se van a enfermar ellos.

¿Nadie los ve?, y son jóvenes. Mira que se dice y ni ellos ni otras personas que he visto hoy se cuidan, no llevaban el nasobuco. Ya la gente piensa que la enfermedad se fue y no es así. Mira que el médico lo dice por la televisión, y también el noticiero de TV, pero no hacen caso, parecen niños majaderos, y ni ellos, porque, fíjese, como no se ven por ningún lado. Ah, los cuidan, y estos manganzones riéndose de lo que dicen para que nos cuidemos.

El nasobuco: esencial para prevenir el coronavirus.

Míreme a mí, viejo y todo, tengo 76 años, y solo salgo cuando tengo necesidad, porque si no, no me ven ni los pelos”. Y cuando pensé que había pasado la irritación, prosiguió. “Pero no son ellos solos, hay personas mayores que tampoco respetan, salen a la calle como quiera, hablan, pasan por su lado... y nada. Juegan con candela, y se van a quemar. Que luego no se quejen”, y de aquellas palabras del anciano, algunas copié minutos después. Constituyen la esencia de su monólogo, y ahora las reproduzco.

Y no le falta razón al recién conocido, cuyo nombre no pregunté, pues no era necesario. Es un ejemplo de muchas otras personas que, debido al respeto inculcado desde bien temprana edad, cuidan celosamente de ellos y de los demás, como me lo demostró en las casi tres cuadras que anduvimos separados adecuadamente.

Para confirmar cuanto había acabado de escuchar, pasó a mi lado una mujer con un niño de poco más de un año, bello por cierto, sin que este tuviera puesto el nasobuco. Un riesgo innecesario, aunque solo caminara 15 metros, para ascender por una escalera hasta lo que parecía ser su vivienda.

Es muy importante que los niños se mantengan en casa.

En el llamado Callejón de Quintanales, casi llegando a la citada calzada, tres niñas jugaban con un palo y el agua que escurría por el contén de la acera si llevar el necesario implemento protector. En realidad, vale recalcarlo, con las gratas y recientes noticias ofrecidas por el doctor en Epidemiología Francisco Durán, se ha descuidado enormemente el sistema higiénico-sanitario por las personas que hasta hace pocos días mantenían cuidado cuadra a cuadra.

“Se le ha perdido el miedo al coronavirus”, he escuchado erróneamente a no pocas personas, pero no es cuestión de miedo, porque no asusta... enferma y mata, sin que se aprecie su llegada como no sea con los primeros síntomas, sobre todo a quienes padecen otras enfermedades.

Lo que no ha disminuido es el llamado a la protección, a salir de casa solo por necesidad, y hacerlo con el cumplimiento de las medidas de salvaguarda previstas.

Evite usted que otros, como Jorge, tengan que mortificarse porque usted no se cuida y no sea que caiga en la trampa que a cada paso le sitúa la terrible y mortal enfermedad. Cuídese usted y cuide a Jorge, que puede ser su padre, su hermano o su hijo, o un vecino o amigo. Todos merecen cuidado.

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