Desde la Ciénaga de Zapata: Pucha se quiere morir

Estefana Eulalia Padilla Domínguez, Pucha
Estefana Eulalia Padilla Domínguez, más conocida como Pucha, una de las cenagueras más longevas de la Ceiba.

Pucha se quiere morir, y lo dice con tal tranquilidad que pareciera no ser consciente de su afirmación. Por si me quedaban dudas, o quizás ante mi asombro, lo repite, y agrega ahora entre risas que sí, que ella ha vivido más que su madre, que ha pasado demasiado trabajo en la vida.

-¿Para qué más?- me pregunta. De momento me quedo sin palabras, y por unos instantes solo se escucha el rechinar de su sillón al balancearse y el pitido de la olla de presión en la cocina.

Sin embargo, lejos de parecer una mujer derrotada, luce tranquila, a veces melancólica cuando habla de su esposo muerto y de la soledad que la acompaña hace más de 10 años. Hay en ella esa fortaleza y actitud agreste de la mujer rural, una entereza que la ha acompañado siempre, incluso ahora que dice no servir para nada por los constantes problemas de salud.

Pero su entereza la supera, a pesar de sus 83 años, en los que no ha parado de trabajar. Pucha conserva la añeja costumbre de despertar temprano, chapea el patio donde cultiva frutas, hortalizas y cría animales, todo para “acompañar la chequera” y entretenerse en algo.

“Lo único que yo conozco en esta vida es el trabajo y a estas alturas no puedo estar sin hacer nada. Yo me voy a morir así, aquí entre mis cosas, pero trabajando, si hay algo a lo que le tengo miedo es a estar sin hacer nada.

"Pero ven, que te voy a enseñar un par de fotos para que veas que no siempre estuve tan jodía", dice entre risas y me lleva hasta el cuarto.

La habitación es pequeña, dos camas con sábanas estampadas y cuidadosamente limpias, un escaparate sobre el que reposan algunos retratos y un ramo de flores. Pucha abre con cuidado la puerta del desgastado armario, con un mecanismo que solo ella parece dominar y que da la impresión de que en cualquier momento se le vendrá encima. Finalmente encuentra las fotos en una de las gavetas y se sienta en la cama para mostrarlas.

Mientras revisa las fotos y recuerdos de toda su vida sonríe orgullosa de haber vivido tanto

Del viejo envoltorio saca una pequeña caja y de ella salen decenas de fotografías en blanco y negro, recortes de periódico, flores disecadas que le regalara su esposo y un lazo bordado a mano por ella antes de casarse.

En uno de los retratos se puede leer en una caligrafía casi infantil: Estefana Eulalia Padilla Domínguez, un nombre demasiado largo que alguien - no recuerda quién ni desde cuándo -, decidió acortar llamándola Pucha, como la conocen todos en La Ceiba.

“Esta era yo cuando me casé a los 19 años. Yo nací en Palmira, pero de chiquita me trajeron para acá, para un batey cerca de Horquita donde vivía toda mi familia. Allí me crié con mis dos hermanos y desde chiquiticos trabajamos para ayudar a mi papá.

“Él tenía un sembra’o de calabaza, plátano, yuca, boniato y nosotros le limpiábamos el monte por abajo pa’ que él lo trabajara. Otras veces lo ayudábamos con la madera pal horno de carbón, teníamos que ‘aburriarle la leña’ , como se dice”.

“Allí también aprendí a leer con un viejito que vivía en Guasasa, Yo tenía un primo que tenía dos hijas. Él era analfabeto y perdió muchos trabajos por no saber leer ni escribir. Entonces se esforzó mucho para que las dos niñas aprendieran y con ellas me junté yo, porque mi papá, pobrecito, no podía pagarme los estudios. Y así fue que aprendí, pero un poquito nada más, porque fíjate que pa’ firmar la chequera y eso, yo nada más que escribo la E y la P, sabes, solo las iniciales.

"Mira, esta otra también es de la boda. A Eusebio lo conocí allá, ellos iban a  jugar pelota a un terrenito que quedaba cerca de mi casa, atravesaba toda esa ciénaga sin carreteras ni na’ , porque cuando aquello no había triunfado la Revolución y ellos vivían en El Rincón.

“Jugaban enfrente de mi casa y a veces las pelotas picaban en la pared de la sala. Así nos conocimos y enseguida nos casamos”, recuerda Pucha mientras mira con añoranza las imágenes.

"Este es el papá de él, la mamá y esta soy yo. Con ellos nos mudamos al principio, después tuvimos una casita cerca del monte, pero como Eusebio se había unido al plan de cítricos de Jagüey, yo casi siempre estaba sola y entonces hicimos una casita al lado de mis suegros.

“Nunca tuvimos hijos, nos tratamos y todo pero no se pudo. Él me decía que el problema era suyo, que si quería que nos divorciáramos, pero yo le dije que no lo iba a dejar por eso. Era muy bueno y así duramos toda la vida.

“Nosotros trabajábamos juntos de todo, en lo que fuera, a veces con los puercos sueltos en el monte, revisando que tuvieran comida, trancarlos si hacía falta. O también a cortar yerbas. Ya te digo, de to’ , a chapear, sembrar las matas… y claro, levantarme bien temprano para dejar todas las cosas de la casa adelantadas.

“Cuando triunfó la Revolución, él se dedicó mucho a eso, fue militante del Partido, en todo lo que hiciera falta, ahí estaba él, por eso me dolió tanto cuando casi tenemos que fajarnos en el Gobierno para que nos dejaran hacer esta casita aquí”.

“Pero bueno, después se retiró por cuenta de la enfermedad. Tenía cáncer, y de que lo supimos duró como dos años. Por suerte no pasó tanto como otros casos que conozco y estuvo aquí todo el tiempo. Fíjate que esta casa se terminó de construir y a los 12 días se me murió.

“Y gracias que un amigo de Eusebio nos ayudó. Él vio como vivíamos allá, la casa ya estaba inclina’ , pero imagínate, nosotros solos, sin nadie que nos ayudara… Pero él se ofreció y después de mucho pugilatear nos dieron esto aquí.

"Ya van a ser 10 años …, sí porque fue en el 2015… o en el 2011… Ay, no sé, ya tengo la cabeza un poco mala. Yo lo que te puedo decir es que hace ya bastante tiempo que estoy sola aquí en esta casa".

A pesar de no tener certeza de la fecha en que se mudaron a La Ceiba, ni de cuántos años lleva muerto su esposo, Pucha recuerda con precisión cada detalle de la tarde en que ocurrió, el sillón de ruedas al lado de la ventana, recostado a la colcha que cuidadosamente ella doblaba como almohada, rodeado de amigos y familiares, con la cautela de no dar señales de alarma ni de dolor.

“Parecía dormido, una de sus primas me dijo que se iba, que no lo iba a despertar y yo que sí, que él ha dormido bien… y ,muchacha, cuando lo meneamos ya estaba muerto”, recuerda con la voz entrecortada.

“Y desde entonces estoy aquí, un poco sola, a veces vienen mis sobrinas a darme vueltas, otras veces la familia de él. Imagínate ya estoy vieja y muy jodía por tanto trabajo”, agrega en tono burlón.

"Esa de allí es del Festival del Carbón, pero yo no salgo me parece. Y en la foto un grupo de jóvenes sonrientes, portan banderas e insignias del trabajo. Pucha se acerca los espejuelos y sorprendida se encuentra al fondo del grupo.

“Yo trabajé también en la Federación después del curso de intención revolucionaria que pasé. Mi cabeza no daba pa’ más", se excusa. "Luego con las muchachas del festival del carbón, y como obtuvimos buenos resultados ese año, nos llevaron a La Habana a pasarnos una semana en el Riviera. Ha sido de las pocas veces que he salido de la Ciénaga.

“La vida aquí es así, no hay mucho que hacer la verdad. Para la juventud no hay casi nada, tampoco están adaptados a esos trabajos que hacíamos nosotros.

“La suerte son las cosas que yo invento, los animales que crío, un par de pollos y de gallinas. Ahora también tengo unos saquitos ahí para hacer jabas y sobrevivir un poco. Y por suerte la comida la traigo del Círculo, que eso me ayuda bastante".

Estefana Eulalia Padilla Domínguez, Pucha
A sus 83 años, mantiene una vitalidad admirable que le permite trabajar en sus cultivos y la crianza de animales.

Pucha es asmática, aunque hace tiempo no la atacan ni la falta de aire ni la agitación incómoda que la tuvieron despierta largas madrugadas. Por las mañanas toma religiosamente sus medicamentos y en las noches, aunque en ocasiones la vence el sueño, espera con disciplina a las nueve en punto para tomarse las pastillas de la presión. Últimamente, refiere, su piel frágil y curtida por el sol, se desgarra con facilidad sin que encuentre un remedio eficaz.

“Otro efecto de la vejez, figúrate ¿tú crees que es poco el sol que yo cogía chapeando montes con la brigada? Y ella misma responde:

“El trabajo en el campo era duro, había que cortar el bejuco para que pudieran lograrse las matas y eso hacíamos nosotras en la brigada toda la mañana. Después almorzábamos en San Blas con las mujeres del otro grupo de El Cayo.

Entonces me enseña la última foto, esta vez junto a sus compañeras en plena faena, y enumera  con exactitud los nombres y apellidos de las mujeres que la acompañan, aunque constantemente duda si están vivas o no. Y como quien acaba de enseñar una lección definitiva me reafirma nuevamente entre risas, quizás para convencerme de su lucidez, de su completa tranquilidad ante la muerte: “te das cuenta, ya yo he vivido bastante.

"Y na’ , ya te digo te digo mi única preocupación es esperar a que me llegue la hora. Cuando se llega a esta edad morirse no es la gran cosa".

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