Elena: La esperanza de 100 amaneceres

Si volviera a nacer, Elena Rolo Collazo confiesa que quisiera vivir de nuevo su infancia en el campo, entre tablas y techo de guano, donde el rumor del viento puede sentirse más cerca.

Desde el auricular escucho su voz pausada interpelar al tiempo acerca de su paso indetenible, de los instantes en que la dicha no permitía que nadie quebrantara la unidad familiar, de las hermanas más traviesas y las más nobles…

Elena no olvida el campo: los gallos que despertaban al sol, las décimas que corrían de boca en boca para robar corazones y sonrisas, el pecho tibio de la madre que alejaba las penas, los bailes a los que imaginó asistir porque “papá era bueno, pero también un poco majadero y no la dejaba”.

Recuerda que el amor llegó anunciando las primeras campanadas de una época nueva. A los 24 años celebró la boda y traspasó el umbral de la casa materna para elevar su propia historia, como el humo del café recién colado, que se escapaba entre las hendijas de la casita de tablas en busca del cielo.

Cuando Elena llegó al mundo ya habían nacido dos hermanas y tres hermanos. Ella fue la primera de las cuatro hembras que llegaron después. Siempre fue observadora y avispada. Aprendió a coser arrimándose a las hermanas mayores, siguiendo atentamente cada movimiento de la aguja y las tijeras. Parecía que sus manos estaban predestinadas al roce de las telas, al hilo que sabía unir, doblar, entallar… y que le procuraron sustento para criar a los hijos.

¡Los hijos!, cómo borrar esa imagen de alumbramiento lejos de clínicas o especialistas, tan solo con ese empuje natural de una madre que cree y debe traer sana a su criatura más allá de pujos y dolores desconocidos.

Elena recuerda la fecha en que dejaron la finca para instalarse en el poblado de Bolondrón. Habla del esfuerzo constante de su esposo, de los desafíos que asumieron juntos, de cómo hacía magia en la cocina para que aquellos potajes supieran a gloria.

Cuenta cada detalle mientras se sabe dichosa por los 9 nietos y 10 bisnietos que ahora la rodean, en especial por Yalena, esa nieta “que la cuida con el alma” y sostiene sus pasos cargados de amaneceres para que no se detengan.

Tía Elena vive ahora en la ciudad de Matanzas, pero su nacimiento ayer 31 de julio, hace 100 años, la atan para siempre al suelo verde, a las mariposas enredadas entre las flores.

 “En tantos días transitados se pasan instantes malos, la pérdida de mi hijo es una pena que no se borra. Nunca pensé vivir tanto, ni sé la fórmula para hacerlo, yo solo me acuesto cada noche pensando que las preocupaciones y problemas pasarán al despertar y que mañana todo será mejor”, advierte y constato que en ella palpita ese aliento renovador del campo, esa belleza que no mengua ni siquiera durante los aguaceros fuertes y que es luz que no se marchará nunca del corazón de quienes la aman.

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