Viernes, 20 de abril de 2018

Día de la Victoria

Latinoamericanismo o Panamericanismo, un debate que se niega a desaparecer

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Aunque América Latina y el Caribe ya no es la misma región del siglo XIX, con nuevos procesos integracionistas en  marcha en el continente, la sombra del panamericanismo estadounidense todavía ronda algunos espacios y se niega a desaparecer del escenario político regional.

 

Su permanencia en el imaginario de Washington y algunas derechas regionales pone de relieve la incompatibilidad de la soberanía de cada nación con el viejo proyecto monroísta, de América para los estadounidenses, que está en la base de la Organización de Estados Americanos.

 

La política de Estados Unidos hacia los países al sur de su frontera no ha cambiado ni un ápice y sigue teniendo, como en sus orígenes, objetivos claros y contundentes, irremediablemente vinculados a sus intenciones de expansión territorial, económica, militar y cultural.

 

Precisamente esos procesos encarnan la dicotomía irreconciliable que existe entre dos corrientes de pensamiento como el latinoamericanismo y el panamericanismo, que se han encontrado una vez más cara a cara en la VIII Cumbre de las Américas, desde que comenzó con sus actividades paralelas en Lima, Perú.

 

Expresión contemporánea del panamericanismo, este foro continental, engendrado como espacio de legitimación del sistema interamericano articulado en torno a la Organización de Estados Americanos (OEA), poco o nada ha aportado a la integración regional, desde que se creó hace más de 20 años.

 

Surgida como vanguardia del proyecto neoliberal, en medio de la gris época privatizadora y entreguista de la década de los 90, esta cumbre y el funcionamiento per se de la OEA, con sus dobles discursos sobre la democracia, las libertades individuales y los derechos humanos, constituyen un espacio revelador de las tensiones latentes entre el panamericanismo estadounidense y la voluntad integracionista de los libertadores de Nuestra América.

 

Tributaria de su lógica de dominación, la política exterior estadounidense promueve el regreso a la narrativa de la nostalgia imperialista como recurso ideológico que se contrapone a los esfuerzos de los gobiernos progresistas, que tomaron fuerza desde finales del siglo pasado y que en poco tiempo le cambiaron el rostro a América Latina y el Caribe.

 

A pesar de algunos retrocesos coyunturales, son innegables las transformaciones de fondo que han permitido  fortalecer una agenda donde la integración y la búsqueda de la unidad ocupan un lugar primordial.

 

Azotada hoy por los efectos de una fuerte y articulada contraofensiva imperialista y oligárquica, con la derecha intentando revivir la agenda neoliberal, a pesar de que en el pasado suscitó inestabilidad política y serios problemas sociales en la región, Latinoamérica y el Caribe se enfrentan, además, al intento estadounidense por retomar una política que sus élites asumieron como un destino manifiesto y que no persigue otro propósito que la autoridad absoluta sobre los hilos políticos, los recursos naturales y económicos del  continente.

 

El panamericanismo, como instrumento, encauzó en el pasado las distintas variantes adoptadas por la política estadounidense hacia la región. Así, el Gobierno del presidente Donald Trump heredó y potenció la sofisticación de esa estrategia intervencionista y de irrespeto contra los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua o El Salvador  y el apoyo tácito a las maniobras que la derecha impulsa en Argentina y Brasil para acabar con las conquistas sociales, políticas y económicas de los últimos 15 años.

 

Ahora aspira a derrotar por cualquier medio la Revolución Bolivariana fundada por Hugo Chávez en Venezuela y, en componenda con los organizadores del cónclave en Lima, impidieron la asistencia de su legítimo presidente, Nicolás Maduro, situación a la que Cuba y otra naciones se oponen rotundamente al considerarla una «intromisión inaceptable» en los asuntos internos de Caracas.

 

A Perú, país sede de una cumbre sobre corrupción y que enfrenta una de las peores crisis políticas generada por ese flagelo, han llegado los defensores de estas dos ideas, eternamente enfrentadas, pues una responde a los intereses de los más oprimidos y la otra al principio de sumisión.

 

Históricamente ningún presidente de Estados Unidos ha faltado a esta cumbre, pues como país promotor de las mismas, imponía en ella posiciones que siempre le fueron muy favorables.

 

Esta vez, Donald Trump, que en su discurso identifica al latinoamericano como responsable de la crisis económica y una amenaza a la seguridad nacional de la sociedad estadounidense, no estará en Perú, pues según la vocera de la Casa Blanca el dignatario se quedará en Washington para «supervisar» los acontecimientos en Siria y el mundo.

 

La Cumbre iba a ser, también, el primer viaje a Latinoamérica del magnate presidente que desde que asumió el cargo se ha dedicado a crear conflictos con México y los países centroamericanos, y amenaza con llevar a niveles aún más extremos la política de deportaciones de su predecesor Barack Obama, quien durante su mandato deportó a más de dos millones de indocumentados.

 

La negación de toda posibilidad de relación entre América Latina y el Caribe con Estados Unidos que no esté sometida, ha provocado la intensificación de las acciones de desestabilización explícitas en unos casos, como es el ejemplo de Venezuela, o encubiertas bajo el manto del financiamiento a fundaciones y organizaciones, asociadas a la derecha latinoamericana, que disfrazan sus intenciones reales bajo el eslogan de la «promoción de la democracia».

 

Aunque hoy día las prácticas son distintas, las lógicas son muy parecidas y si en los tiempos de Monroe los adversarios eran para EE. UU. las viejas potencias coloniales europeas, ahora hablan de terrorismo, de la «injerencia» rusa o de la competencia económica de China.

 

Precisamente la pujante relación económica que une a Latinoamérica con el gigante asiático es una de las cuestiones que más preocupan a Estados Unidos.

 

Aunque Washington quisiera lo contrario, en Lima encontrará las ideas latinoamericanistas y unitarias de los próceres de nuestra independencia, representadas por los gobiernos progresistas que asisten al evento. Quizá por eso algunos prefieren quedarse en la Casa Blanca, la misma que utilizó James Monroe, y evitarse los malos ratos del siglo XXI.  (Por Iramsy Peraza Forte/Granma)

 

 

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