Viernes, 25 de mayo de 2018

Sandra: «Yo soy una mujer feliz»

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Los que la observan por las calles de Matanzas no pueden evitar dirigirle una mirada. Sandra es dueña de una sensualidad especial y lo sabe. Es inteligente, segura y alegre. Le encanta el ballet y entre los clásicos prefiere «El Quijote» y «El lago de los cisnes». Con absoluta confianza y un poco de nervios accedió a esta entrevista, donde habla de esperanzas, sueños y desaciertos; de los desafíos de una mujer en el cuerpo equivocado.

 

"Desde pequeño siempre fui muy delicado, cómo explicarte, muy suave, esa dulzura que en los varones no es común. En ese momento no sabía que era, no sabía que yo estaba en un cuerpo que no era el mío. Me llevaba muy bien con todos, era muy querido, los que me conocen lo pueden afirmar. De hecho cuando la gente empezó a notar la diferencia en mí, todos mis compañeros me ayudaban, me trataban de unir a su grupo, como para que se me pegaran sus cosas. En realidad fui yo quien nunca prestó atención a eso.

 

Con mis vecinos igual, nunca se burlaron. Mi mamá era muy preocupada, siempre estaba al tanto, porque ella sospechaba que “algo” no estaba bien. Siempre hablaba con mis amistades, les pedía que me incluyeran en sus actividades, que no me apartaran porque además yo siempre fui muy de la casa, muy buen estudiante y eso me ayudó también a que no me rechazaran porque yo los ayudaba en las pruebas, eso los frenaba un poco.

 

Empecé a darme cuenta de que tenía tendencias homosexuales y tuve relaciones con otros hombres, a escondidas por supuesto, por temor a mi familia y las personas en la sociedad. Estudié danza en la ENA y empecé a trabajar como bailarín en Tropicana. Sin embargo me fui dando cuenta de cuanto me afectaba mi aspecto y de que no me sentía cómoda, por eso empecé a vestirme de mujer."

 

Frente al espejo

 

"Comencé a bailar en Tropicana, fui de los primeros bailarines en inaugurar ese show aquí en Matanzas. Todas las semanas montábamos el espectáculo en La Habana y sucedió que en una ocasión un amigo me invitó al ballet. Después de la función salimos y fuimos a caminar por el Vedado y cerca de La Rampa encontramos una especie de zona de encuentro de gay y trans. Yo nunca había visto algo así. Por supuesto estaba acostumbrada a Matanzas que es una ciudad mucho más conservadora en ese sentido. Me encantó la seguridad que proyectaban, y a partir de ese momento empecé a ir todos los fines de semana.

 

Comencé a relacionarme en ese grupo, hasta que ellas mismas me propusieron vestirme de mujer porque me veían como tal. Tenía mucho miedo por mi trabajo y por mi familia. Además del temor de que algunos de mis compañeros me vieran. Pero me hacía mucha ilusión transformarme, tener mi novio como veía a las trans de los lugares donde frecuentaba.

 

Así que un fin de semana me decidí, le pedí un vestido a una de las bailarinas de aquí de Matanzas, a otra unos tacones, me saqué un poquito las cejas, me fui para La Habana y me vestí de mujer.

 

Ese día fui para el Parque de la Fraternidad, imagínate, en un ambiente lleno de trans, travestis, me sentí en el lugar correcto, muy feliz, muy segura. Nada más llegar al parque encontré un novio. Ese cambio para mí fue lo máximo al punto que no veía la hora de que llegara el próximo fin de semana para volver.

 

Me pongo Sandra* porque siempre quise un nombre corto y femenino, al principio me gustaba Giselle por el ballet, pero tenía un amiga que se llamaba Sandra y entonces me quedé con ese nombre.

 

Esa zona y la relación con las trans de allí tenían mucho más que ver con mi forma de pensar, de actuar. Me sentía muy bien. Así empecé, poco a poco. Incluso estuve alquilada en un lugar pequeño para poder continuar allá. En mi casa nunca se enteraron. Siempre llevé todo bien escondido, hasta que un día me paró la policía, me piden el carnet de identidad y al ver que era de Matanzas me pusieron una multa por estar ilegal en La Habana. No pagué la multa por miedo y al duplicarse la llevan para mi casa. Ahí mi mama empezó a sospechar y descubre que yo llevaba ropa de mujer para vestirme.

 

Aquello fue un caos porque mi mamá aceptaba la homosexualidad pero no la transexualidad. Tuve muchos problemas en mi casa. Mi mamá me decía que no podía contar con ella para nada, que iba a perder mi trabajo, tanto esfuerzo, tanto sacrificio. Eso me hizo parar un poco, me dio miedo, pero yo estaba muy mal porque no podía vestirme como quería y lo seguí haciendo. Era algo más fuerte que yo.

 

Me pararon varias veces más, y se lo dicen a mi mamá y ella entonces decide sacarme del país. Nos fuimos un año a España y  allí fue peor (para ella) porque allí me di cuenta  de que ya nada podía cambiarme. En Barcelona pude ver otra realidad trans que no conocía, me fui a vivir incluso con algunas de ellas, empecé a tomar otro tipo de hormonas más fuertes y otros tratamientos de laser en mi cuerpo para feminizarme. Fue una experiencia única."

 

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Lo que nos falta

 

"Cuando regresé a Matanzas llegué convertida totalmente. Fue bueno pero a la vez difícil porque no pude volver a bailar. Imagínate cuando llegué al barrio con vestidos, sayas, maquillaje. La gente sospechaba, pero nunca me habían visto. Empecé a enfrentar mi vida de esa forma. Ya era independiente, ya no prohibían vestirme de mujer, sin embargo no podía tener una relación dentro de mi casa. Esa es una de las cuestiones que más nos afectan.

 

Por otro lado he intentado buscar trabajo varias veces de bailarina pero me ha sido imposible sobre todo en las cuestiones legales. He intentado que me contraten también como ensayadora pero nunca me han dado respuesta. Extraño bailar, que fue lo que yo estudié. Lo que pasa es que ya me he adaptado.

 

Creo que todavía faltan muchos cambios en la sociedad para que nos acepten. En la televisión aun vemos estereotipos, tienen la visión de que el homosexual es el personaje cómico, lo recrean un tanto para divertir y eso también es discriminación.

 

Muy pocas veces ponen un transexual en las telenovelas u otros espacios. La gente tampoco conoce de transexualidad. Te ven por la calle y dicen que eres un “maricón” vestido de mujer y eso no es así. En los medios también, porque he podido ver la diferencia en otros países donde es normal ver por la televisión noticias o programas con transexuales tal y como se vive. Aquí no es así.

 

Por suerte ahora tenemos la red y a Irina que nos representa en el centro y también trata de unirnos, de realizar actividades, insertarnos en los eventos. Depende de todas nosotras participar, lograr ser una sola voz. Yo creo que todavía falta trabajar en ese aspecto para que haya más fuerzas.

 

Las instituciones nos apoyan muy poco, la verdad, en estos momentos que ya tenemos la red, y funcionamos como grupo, no tenemos un local donde reunirnos o programar actividades. Tampoco tenemos una protección aquí en provincia y eso creo que debe mejorar."

 

Mirar al futuro

 

Nunca me he querido operar, aunque también es un proceso muy complicado. En mi caso yo me siento completamente mujer y no renunciaría a ello jamás, sin embargo no tengo o siento la necesidad de operarme. Todo depende de cómo tú te sientas y yo me siento muy realizada en todos los sentidos. Quiero seguir así, no me veo de otra manera.

 

Me parece que seguir perfeccionándome como mujer es mi meta. A veces si me siento un poco frustrada en el aspecto profesional porque no he podido bailar más, te confieso que me encantaría volver a hacerlo. Pero cuando yo me miro al espejo y me veo tan yo, tan Sandra, eso pasa a segundo plano porque es mi prioridad.

 

Por el momento no tengo pareja, tengo otro estilo de vida y no me interesa por el momento una pareja estable. Tal vez si aparece alguien que valga la pena, que me llame la atención puede que me involucre.

 

Yo me siento realizada, me he encontrado yo misma, tengo a mi mamá que me apoya en estos momentos, con sus cosas, pero igual, tengo a mi hermano que es mi adoración, me apoya muchísimo, siempre me ha visto así, como su hermana. Yo creo que esas cosas llenan más mi vida. Me siento contenta en estos momentos. Mañana puede suceder otra cosa pero te digo no me interesan las obligaciones ni el resto de la carga que implica la vida de pareja. Sin embargo a veces me gustaría despertar con alguien.

 

Yo salgo a la calle segura, y lejos de pensar que las personas se pueden burlar, yo siento que me miran y eso me gusta, me tienen que mirar por lo que soy, una mujer, y evidentemente me tienen que admirar. Puede sonar vanidoso pero me encanta llamar la atención. No me afectan las miradas de nada, ni de nadie, ni ningún comentario que puedan hacer cuando paso por la calle. Que te puedo decir, yo soy una mujer feliz.

 

*Sandra es Wilfredo Díaz Quiroga, según consta en su Carné de Identidad

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