Habanatanceros

Entre La Habana y Varadero, Matanzas. Somos para muchos una ciudad de paso. Somos una ciudad vista desde las ventanillas de Transtur y Transmetro. Somos el tráiler de una ciudad, cinco minutos de azul mar y gris concreto antes de que comience la película. Somos una urbe que se sirve de aperitivo.

Demasiadas veces, cuando le preguntas a algún foráneo nacional si ha visitado Matanzas te dice que “de paso a Varadero”. Esta condición de fugacidad, esta falta de permanencia en la memoria ajena también afecta a los habitantes de la ciudad porque, poco a poco, también te vuelve un ser en espera de la huida.

Así, encontramos a quienes viven una doble ciudadanía, que tienen una dualidad de gentilicios, matanceros y habaneros, los habanatanceros, gente a la que la vida se le va en camiones de 50 pesos y guaguas de 20, si ese día tienes una suerte que espanta a los gatos negros.

La cercanía de La Habana es un arma de doble filo –acerca de Varadero ya hablaré en otra ocasión–, porque permite estar a dos horas de las principales instituciones y acontecimientos de país; sin embargo, la sombra de El Capitolio es larga y abarcadora.

Muchos estudiantes, por ejemplo, cursan carreras en la Universidad de La Habana, pero antes de regresar prefieren quedarse en la Capital, porque allí existen más oportunidades profesionales, más posibilidades de superación, tanto económicas como personales.

En la cultura, por otra parte, la proximidad hace que sea más fácil a los artistas moverse hacia la tierra cuadriculada por puentes y ríos al poder ir y venir en un mismo día, por ello y, sobre todo, en estos últimos tiempos, los anteriores a la pandemia aclaro, resultaba habitual encontrar artistas de renombre nacional cada fin de semana en una plaza, un bar o por las calles, como otro transeúnte cualquiera.

Sin embargo, los artistas yumurinos también se hallan a un salto de fe de la salida del túnel y muchos deciden probar suerte allá para escapar de la fama local, aunque luego en sus canciones o cuadros o libros siempre hay un trasfondo nostálgico hacia el anfiteatro geográfico donde los edificios son las gradas y la bahía, el escenario, que constituye Matanzas.

Muchos son los que llevan la idea del desarraigo, la culpa del traidor geográfico, y se nota en un amor desmedido por la ciudad desde la lejanía en posts de Facebook, en escritos, en conversaciones a voz quebrada; a otros no les importa y ya.

Sin embargo, la ciudad dormida abre los ojos. Baja la mirada hacia su pecho y encuentra que palpita. Después de su aniversario 325 en Matanzas tenemos un plan para atrapar viajeros, para que se babeen en las ventanillas de las Yutong mientras contemplan el Sauto, la bahía.

Los habanatanceros volverán, porque a donde fuiste feliz o aunque sea para no sentirte un náufrago, sujeto a un madero que flota mal, siempre vuelves, aunque sea de forma incorpórea.

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