La peligrosa costumbre de “escribir mal”

“El español se muere en Internet”, señalan algunas frases más radicales publicadas en sitios especializados y me niego a creer que la esencia del idioma que define nuestra identidad se desvirtúe para siempre.

Y no estoy hablando solo de las “innovaciones” que pretenden hacer algunos para textear más rápido y con mayor cantidad de personas a la vez, sino del fenómeno de considerar la falta de ortografía como un lugar común, un hecho que pasa inadvertido sin provocar la más mínima indignación.

Comentarios, posts estampados en las redes sociales y compartidos por miles de usuarios reproducen errores gramaticales y aberraciones ortográficas donde ni las mayúsculas, ni los signos de puntuación, ni las más elementales reglas tienen cabida.

Sobran los ejemplos extraídos de publicaciones que curiosamente generan múltiples comentarios satisfactorios, como si las faltas quedaran en un segundo plano, relegadas por el impacto de una fotografía, o tan solo por la idea que se cree transmitir.

Doloroso resulta constatar que las heridas constantes a nuestra lengua materna no son exclusivas de los más jóvenes, o de alguna comunidad específica, incurren en ellas personas de cualquier edad o nivel académico.

Pegados durante horas a la pantalla de los dispositivos móviles, los dedos parecen volar sobre el teclado, debatiéndose entre la rapidez y la corrección automática de la ortografía que introduce también dislates cuando no lleva implícita una revisión lógica. Pensar y escribir casi de forma simultánea es un deseo inminente que se aleja de diccionarios, y parece esquivar las dudas y sus posibles con­sultas.

Muchos jóvenes se adentran en el plano escrito de la misma forma en que suelen hacerlo en el lenguaje oral: sustituyendo la “l” por la “r” y viceversa o haciendo sus propios aportes de gazapos: “dirle que la amo”, “me solprendiste pero no me venciste”.

Todo ello sin mencionar el adiós a la “h” y el uso a conveniencia de la s, c y z, como esta expresión: “las derrotas nos asen –sin h y con s– más fuertes”.

La lista de ejemplos absurdos es extensa y lamentable. Para quienes aman y dignifican el español, lejos de ser normal, cada atentado contra el mismo mengua la credibilidad de quien lo comete y desvirtúa su imagen.

Una correcta ortografía es una carta de presentación que distinguirá a quien la ostente y abre por sí sola las puertas hacia la admiración, pues compartimos una de las lenguas más importantes. A pesar de los años que nos separan de su surgimiento, sigue teniendo el mismo encanto de la flor recién abierta al mundo. “Acostumbrarse a escribir mal” significa mancillar sus pétalos, quebrantar su tallo firme que sostiene nuestras culturas.

Que las nuevas tecnologías sean una plataforma para el buen gusto, para el empleo correcto de términos y el engarce de vocablos que “pongan de moda” la infinita riqueza del español, es un compromiso ineludible de todos, no para dejar de comportarse “fula” ni demostrar ser “duros” o “escapa’os”, sino para detener daños que el tiempo vuelva irreversibles e impidan al futuro disfrutar la herencia invaluable de nuestro idioma.

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