“La Revolución nos necesitaba y ahí estuvimos”

“La revolución nos necesitaba y ahí estuvimos”
La amistad forjada hace más de 60 años permanece intacta entre estas mujeres, ejemplos de valor y sacrificio.

A Leonor y Sonia las une una amistad de más de 60 años, una hermandad forjada al calor de los agitados años de la dictadura batistiana, un pasado común, que cuanto menos, te deja con la sensación de haber perdido mucho tiempo, mientras recuerdan sus vivencias extraordinarias de rescates, sabotajes, explosiones o paros estudiantiles; y aunque las dos insistan en que las batallas de hoy ocupan otros espacios y resultan igualmente valiosas, el asombro y la admiración se engrandecen ante tanto derroche de valor y sacrificio.

El Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas representaba, por aquel entonces, un hervidero de protestas de apoyo a la lucha contra la dictadura de Batista. La vanguardia estudiantil de la época dejó allí y para la historia un legado de mérito indiscutible, con no pocos episodios protagonizados por estas dos mujeres, que recuerdan con nostalgia los momentos vividos, los compañeros asesinados.

Las dos apoyaron al Movimiento 26 de Julio en sus frentes de combate: la lucha clandestina y el movimiento estudiantil. Ambas, en posiciones sociales opuestas, pero conscientes del ideal de justicia y el espíritu revolucionario que aún guían sus pasos.

Las vidas de Leonor

Apenas llegamos y ella ya está ahí, parada en la puerta de su casa para recibirnos con la amabilidad y la simpatía que pudimos comprobar después, mientras disfrutamos de sus anécdotas y vivencias que se entrelazan, los recuerdos de su juventud, toda dedicada a la lucha.

“La revolución nos necesitaba y ahí estuvimos”
Leonor Arestuche Amieba, combatiente clandestina del M-26-7 en las provincias de Matanzas y Las Villas.

-Es una lástima que no pueda brindarles un poquito de café. En estos días está perdido- se lamenta, mientras acomoda en el butacón de la sala su cuerpo menudo y reposa sobre sus piernas un par de manos frágiles que de inmediato se exaltan y gesticulan cuando comienza a hablar.

A Leonor Arestuche Amieba, todavía le dicen Sobrina, su sobrenombre en Matanzas. En Santa Clara muchos la conocieron como Merci o Dalia, que usaba indistintamente para despistar a los perseguidores. Cuando habla de esa época no puede contener su emoción y apenas se detiene para narrar, con todos sus detalles, cada acción.

“Sonia me ayuda a recordar cuando no estoy muy clara de algunas cosas”, me dice Leonor, aunque ella en realidad se acuerda de casi todo, fechas, nombres, apellidos, lugares y hasta las circunstancias en que desarrolló su labor clandestina.

 “Mi base fue La historia me absolverá, que leí por mi tío, jefe de una célula del directorio. En realidad, comienzo a vincularme a la revolución en el Instituto. Allí apoyábamos mucho las luchas del movimiento obrero, si los rayoneros o los zapateros hacían huelgas, nosotros parábamos las clases tres días, una semana, lo que hiciera falta.

“También con la propaganda, mítines, veladas, manifestaciones…vaya que yo estaba en todas, menos en misa”, se ríe.

“Después hice algunas acciones para la célula que dirigía mi tío, y donde también estaba mi hermano; pero para mí la lucha dura en realidad empezó después que pasé a la clandestinidad.

El hecho se precipitó sin más hacia 1957 durante un contacto con el dirigente estudiantil de la Escuela Normal de Matanzas para realizar un paro simultáneo, hecho que lejos de concretarse, concluyó por exponerla, obligándola a permanecer clandestina durante los próximos tres años.

“Eso fue un chivatazo de aquel desgraciado, a él lo detienen como dirigente de la Normal y entregó el papel donde yo le pedía encontrarnos. A partir de ahí tuve que esconderme y decidí irme para Cárdenas.”

En ese territorio sus misiones no disminuyeron, Leonor se movía por todas las regiones de la provincia distribuyendo mensajes, fondos y realizando acciones de sabotaje. Quizás una de las más recordada, a pesar de su fracaso fue el Alzamiento de Las Piedras, Bolondrón[P2] , cuando junto a Raúl Trujillo, los hermanos Díaz y otros combatientes tuvieron que escapar al monte y permanecer allí casi una semana para evitar ser capturados.

“Ese día por tomar café, se adelantaron los hechos. Yo llevaba una pistola y una cajita con la bandera cubana y la del Movimiento. Sucedió que en un momento de descuido el niño de la casa agarró la cajita y salió. El herrero de allí, que era un chivato malo, cuando lo vio enseguida llamó a la guardia. Tuvimos que salir huyendo”

-¡Las cosas que a mí me pasan!- comenta entre risas- Muchacha en medio de aquel “corre corre” se me enganchó el vestido en una cerca de alambre de púas y Joseíto Díaz lo tuvo que cortar de un golpe con el machete para que no nos agarraran, pero el resultado fue que me quedé casi sin ropa en aquel incidente.

“Estuvimos allí en unas cuevas casi una semana pero no pudimos llevar a cabo ninguna de las acciones previstas porque teníamos a la guardia rural arriba. Finalmente deciden que me necesitaban más afuera que allí adentro y me mandan a buscar-”

De regreso Leonor es enviada a Santa Clara para continuar con sus labores en la clandestinidad, básicamente por la persecución de la policía que ya tenía su foto circulada en todo el territorio

Desde allí también logra importantes resultados en las acciones de apoyo al movimiento. En noviembre de 1958 participó junto a otros compañeros en el rescate a Caridad Díaz Suárez[P3] , Chilica o Nenita[P4] , como se hacía llamar en la clandestinidad, quien se encontraba presa en la cárcel de mujeres de Guanajay.

La propia Nenita ya le había salvado la vida antes, durante la explosión de Villa Gloria [P5] donde cae Enrique Hart Dávalos.

“Ese día Hart me iba a enseñar algunas maniobras para las acciones de sabotaje que tenía planeadas, pero Nenita, que estaba cerca de allí, me retuvo conversando y no llegué a tiempo. Desde su casa sentimos la explosión.”

Aquel 21 de abril de 1958, Enrique Hart se dispuso a recuperar un artefacto explosivo defectuoso. Repentinamente ocurrió una explosión, en la que junto a él mueren los combatientes Juan Albero Morales "Kent" y Carlos García Gil "Yayo", quién al oír el estallido entra a la casa para auxiliar a sus compañeros.

Luego del rescate, regresa a Santa Clara donde participa en la toma de esa ciudad por las tropas rebeldes al mando del Che. Colabora en esa acción y permanece allí luego del triunfo revolucionario y dirige el Movimiento Femenino del 26 de Julio.

“Alfabeticé en el Escambray y lo disfruté muchísimo. Luego me fui a Checoslovaquia y estudié economía. Hice muchas otras cosas, entre ellas algunas importantes como casarme, tener mi familia, pero esos años fueron una prueba de fuego para toda la vida”, destacó.

A sus 84 años permanece segura de haber cumplido su deber como revolucionaria cabal. Solo la entristecen la distancia, que le roba tiempo con uno de sus hijos y sus nietos, a veces los padecimientos crónicos, que ha logrado mantener “a raya” y justo hoy, mientras nos cuenta su historia, nada la disgusta tanto como no poder brindarnos un poquito de café.

“Una burguesita revolucionaria y sencilla”

“La revolución nos necesitaba y ahí estuvimos”
Sonia García, durante su paso por el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas, desarrolló una amplia labor en apoyo a las acciones del Movimiento 26 de Julio y a la lucha obrera.

Si en Leonor destaca el ímpetu, en Sonia García Ibarría habría que destacar la templanza de sus gestos, la delicadeza al hablar y el respeto hacia su compañera de luchas. Modesta y elocuente, de procedencia burguesa, su sensibilidad y su sentido de justicia la obligaron a entregarse a la lucha contra Batista desde su llegada al Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas del que fue presidenta desde 1955.

“!Una burguesa, burguesa, burguesa!, pero revolucionaria y sencilla siempre”, dice Leonor desde su asiento para destacar el carácter de su amiga.

“Yo entré en 1954 y desde el inicio me vinculé a las labores de la Federación de Estudiantes. Mi familia no era precisamente lo que se dice revolucionaria, pero nunca les oculté mis ideas. Participaba en cuanto acto se hiciera, estuvimos en la velada de José Antonio Echevarría en El Morrillo, apoyamos las huelgas, repartíamos el Alma Máter que por aquel entonces empezaba a circular, y utilizábamos todas las oportunidades para imprimir y repartir las propagandas”, recuerda Sonia.

Entre ella y Heracleo Lazco García[P6] , según nos cuenta, recaudaban fondos para los rebeldes, convencían a los estudiantes a colaborar con la causa, incluso llevaron a cabo varias acciones de sabotaje entre las que destacan la quema del Tencent.

“Heracleo me había dado a guardar un pomito con fósforo vivo y ese día fue a recogerlo a mi casa. Cuando me percato, la frazada con la que envolví el recipiente para esconderlo de mis padres estaba toda quemada, se me había botado la mayor parte, pero aun así se logró concretar la acción. Todavía me parece estarlo mirando bajar por Milanés con aquel pomito en el bolsillo trasero del pantalón, esas locuras que solo se hacen en la juventud”, rememora Sonia.

“En mi casa nos reuníamos mucho, pero tratando de ocultar las cosas. Mi papá nunca estuvo de acuerdo, pero respetaba mis ideales, incluso me compraba los bonos del 26 de Julio con tal de que yo no saliera a la calle. Y había que cuidarse mucho porque por cualquier cosita te metían preso.

“Me acuerdo cuando la muerte de José Antonio que estábamos estudiando en la biblioteca cuando escuchamos la alocución y salimos corriendo y gritando para la calle con la noticia de la caída de Batista. Sucedió que en medio del alboroto un policía amigo de mis padres me cogió por el pelo y me llevó hasta mi casa y le dijo a mi padre que el que había muerto era José Antonio no Batista. Así me enteré yo del hecho y hubo otros a los que arrestaron y torturaron.”

“Por eso hay que continuar perfeccionando la sociedad que tenemos porque nosotras que vivimos todos esos horrores conocemos las injusticias cometidas y las pocas oportunidades para quienes no tenían una posición económica favorable. Esa batalla es de los jóvenes, el motor impulsor de cualquier sociedad, la esperanza de todos nosotros para que la obra permanezca.

“Con los jóvenes hay que contar y en ellos está la responsabilidad del futuro, la continuidad, la oportunidad de luchar, arriesgarse y transformar la patria como lo hicimos nosotras un día. La Revolución nos necesitaba y ahí estuvimos”, concluyó. (Fotos: Ramón Pacheco Salazar)

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