Para reír en serio: Ay, vecino, ¡el nasobuco!

Ante la inexistencia de una cura definitiva contra la COVID-19, el mejor antídoto sigue siendo la prevención.
(Caricatura: Guillermo Alonso Camejo Rodríguez)

Unos predicen que será la prenda del año; otros añoran esos días en que se podía respirar el aire puro sin necesidad de tenerlo adherido al rostro. Lo cierto es que muchos cubanos, que de lentos y perezosos no tienen un pelo, ante el nuevo coronavirus tomaron aguja e hilo en mano para que al personal médico, la familia y los vecinos, no les faltaran los nasobucos.

Como toda obra que sale del ingenio humano, comenzaron a surgir nasobucos infantiles llenos de colorido, nasobucos rosas, carmelitas, con elásticos, tiras, floreados, verdes… y algunos hasta procuran que combinen con el color de la ropa que llevan.

Podría decirse que la sociedad ha ido adquiriendo una cierta cultura acerca de su uso. Sin embargo, existen aún individuos que se empeñan en la aparición de modelos que se alejan del único y verdadero propósito: disminuir la posibilidad del contagio propio y el de otros.

Veamos algunas tipologías más frecuentes:

Nasobuco intermitente: Desaparece por unos instantes del rostro según la conveniencia de quien lo usa: comer un pan en la cafetería de la esquina, “fumar un cigarrito”, gritarle a Fefa que llegó la leche a la bodega y luego, las mismas manos que no tocaron ni una gota de agua y menos jabón, lo regresan a su sitio para cubrir nariz y boca.


(Caricatura: Guillermo Alonso Camejo Rodríguez)

Nasobuco encubierto:- ¿qué yo no tengo nasobuco?, no hombre no, ¿quién dijo eso?, aquí está en el bolso escuchando la conversación-.

Hay quienes llevan el nasobuco en el bolso "para cuando sea necesario".
(Caricatura: Guillermo Alonso Camejo Rodríguez)

Nasobuco fijo: Es usado las 24 horas del día y más allá. Solo se lava una vez a la semana, si es que hace calor y se ensucia, de lo contrario se le da un poco de aire, porque “nada más se usa para salir un momento de la casa”.

Nasobuco cintillo: Va en la cabeza la mayor parte del tiempo, mientras su portador se empeña todavía en sentarse en la esquina a darse “un toque” para desestresarse.

Nasobuco bufanda: el preferido de algunos que van en motorina, bicicleta… y se lo anudan al cuello para ir conversando, porque “allá arriba no hay peligro”.


(Caricatura: Guillermo Alonso Camejo Rodríguez)

Nasobucos ahorradores: con la manga de una blusa de la abuela, alcanza y sobra para confeccionar más de 10. ¡Qué importan las medidas, el problema es tener algo puesto!

La lista sería extensa, sin obviar otros casos como la señora que en medio de la cola para comprar pollo se le cayó la toallita con la cual se cubría el rostro y en una “maniobra sutil” la recogió, sacudió y volvió a colocársela a la vista de todos los que al unísono recordaron la popular frase: “a veces es peor el remedio que la enfermedad”.

 Eso sin contar los que, a modo de vaqueros, optan por amarrarse un pañuelo en el rostro para estar más en “la onda”.

No basta con coleccionar nasobucos. El fragmento de tela no guarda poderes milagrosos como la alfombra de Aladino o la capa de invisibilidad de Harry Potter. De nada sirve si para reutilizarlo, consideramos molesta y absurda la rutina de remojarlo en agua jabonosa con una cucharada de cloro durante 15 minutos; restregarlo con energía para desprender las secreciones que pueden haberse adherido a la tela; enjuagarlo con abundante agua y, una vez seco, plancharlo.

Ante la inexistencia de una cura definitiva contra la COVID-19, el mejor antídoto sigue siendo la prevención. Por eso vecino, sin excusas ni pretextos, use el nasobuco que “cuesta poco y ayuda mucho”, ah…, pero eso sí, úselo bien.

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