Plácido y el verso que palpita

Plácido y el verso que palpita

¿Su nombre? Lo escuché por primera vez junto a la inquietante imagen de un hombre fusilado por la espalda a raíz de la llamada Conspiración de la Escalera; luego, como el narrador romántico de aquel Jicotencal, ante cuya clava, “barreada de áureas puntas,/huyeron despavoridas/las tropas de Moctezuma”.

Así lo revelaron ante mi curiosidad estudiantil la Historia y la Literatura. Más tarde, llegó a casa un libro con las hojas desgastadas y amarillas donde encontré de nuevo su imagen, una breve biografía y varios poemas, entre los de otras ilustres figuras de las letras cubanas del siglo XIX.

Desde entonces guardo con celo, en ese libro gastado, el nombre de Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), que ahora releo en vísperas del 28 de junio, a 176 años de su fusilamiento en la ciudad de Matanzas por las autoridades españolas.

Y de nuevo me sorprende la vida de aquel hombre que según los críticos escribiera poemas finos y alegres, a pesar de una vida de perjuicios y dificultades. Entregado a la Casa de Beneficencia por su madre, bailarina española, y reclamado poco después por su padre, un mulato dedicado a la peluquería, no asistió a la escuela hasta los diez años de edad, pero ya a los doce escribió sus primeros versos.

La inestabilidad económica de su familia tampoco lo detendría, por lo que las manos del joven carpintero, tipógrafo y fabricante de peinetas de carey, también consiguieron construir hermosos sonetos, epigramas y romances.

Incluso cuando fue criticado al vender poesías por encargo para amenizar fiestas, la versificación natural de Plácido lo convirtió en uno de los poetas más populares de la época, cuyas rimas eran declamadas de memoria cien años después en las calles de La Habana.

El príncipe de los periódicos cubanos, La Aurora de Matanzas, también abrazaría su pluma y en esta ciudad lanzaría el último suspiro de libertad el escritor, cuando el 30 de enero fuera detenido y más tarde condenado a morir tras un proceso amañado y carente de pruebas.

Del calabozo hasta el lugar del fusilamiento el autor de La Flor de la Caña, El Juramento y A una ingrata, declamaba, incluso, su poesía: “…Mas si cuadra a tu suma omnipotencia/que yo perezca cual malvado impío/ (…) suene tu voz, y acabe mi existencia…/Cúmplase en mí, tu voluntad, ¡Dios mío!”. (Por Jeidi Suárez García)

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