Que del susto no pase, caramba

No bajemos la guardia ante la Covid-19.

Hace unas horas una vecina del lugar donde resido, en el reparto Naranjal Norte, me dio a conocer el susto que pasó el sábado último en la cola, debido a que acudió a la fila una señora de la que solo se apreciaban sus ojos, porque dijo, al parecer en el estilo de humor cubano: “Me parece que tengo los síntomas de eso que anda, y me veo de lleno en el hospital”, cierra la cita textual.

‘Aquello, figúrese – me dijo la vecina–, fue peor que una bomba, pue no quedó una sola persona a su lado en un segundo. Solo que la “graciosa” comenzó a reír de inmediato para rectificar lo dicho con aquello de que “es un chiste, ustedes creen que yo iba a estar acá de tal manera. ¡Caballero, ustedes se asustan de nada!”. No se qué le contestaron, pero todo tiene su momento, y el actual no es para bromas, con todo el respeto que merecen nuestras damas, y aquello de que parte de la costumbre del cubano es decir chistes en los peores momentos. Pero cuando está por medio la salud y vida de nuestros seres queridos, que son todos y cada uno, no hay sonrisa que valga.

Oportuna la ocasión para prevenir a quienes, en medio de algunas mejoras en cuanto a positivos y fallecidos en los últimos días en Cuba, comienzan el descenso en cuanto a protección. No, el mal está cerca, ni siquiera al doblar de la esquina como se dice, sino frente a nosotros, a la espera de que dejemos el más mínimo espacio por donde doblegar cuanto empeño hacemos para preservar a cada humano, sin tener en cuenta edad, color, credo, u otras características individuales o colectivas.

El coronavirus ha derramado tantas lágrimas, enlutado hogares, sembrado demasiado pesar y lamentaciones, que no admite que quienes sufrimos dejemos una grieta, consciente del letal virus que azota al mundo, y que en Cuba ha dejado 79 fallecidos y miles de personas positivas.

Que el mar de consagración cotidiana no permita que se levanten olas que destruyan cuanto hacen nuestros especialistas, médicos, enfermeros, laboratoristas, investigadores, científicos, ambulancieros, etc, y quienes desde el frente económico, productivo y social en general libran la feroz batalla contra el mal.

Para evitarlo no puede haber un minuto de resquebrajamiento de la alerta perpetua mientras la Covid-19 cabalgue sobre los cinco continentes dejando su estela nefasta. Somos un bastión de salud, pero no de palabras, sino de realidad, y esto debe preservarse cuando todos cumplamos lo indicado.

El coronavirus es bien serio, cuesta demasiado, en vidas humanas y, cuando menos, en desvelo perpetuo al pie de miles de camas donde permanecen, o permanecieron, las víctimas del mal. En casa o, si por las circunstancias, nos apartamos de ella, cuidarnos y cuide a los demás, pues hay mucha entrega para permitirnos mostrar los dientes. Un aplauso sí, de reconocimiento al bien hacer de cuantos labran esta grandiosa obra por el bien y para el bien de todos.

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