Rosa Amelia: La valentía de servir al pueblo

El 24 de marzo parecía para Rosa Amelia un día más de trabajo. Ya casi empezaba a acostumbrarse al ajetreo diario de organizar las pesquisas, de controlar al detalle cada indicación, cuando supo la noticia.

Cerca de las 5 de la tarde, casi al concluir su labor en Caletón, Playa Larga, la llamó “su presidente” para comprobar la disposición -algo que en rosa Amelia se sobra- de apoyar el trabajo en uno de los centros de aislamiento recién constituidos. Era evidente que Rosa Amelia aceptaría, y al día siguiente, como se esperaba, llegó la confirmación.

En menos de una hora recogió ropa para un par de días, preparó comida y ordenó medicamentos para su madre de 76 años y se despidió de la familia; de su hijo a quien recordó pendientes, de dos nietos que no entendía por qué se marchaba así, de pronto. Les prometió volver.

Solidaridad y optimismo

Lo primero que noté al llegar fue un silencio poco común. La Cubanita, el centro de aislamiento donde aún permanece Rosa Amelia, emanaba mucha tranquilidad para un sitio donde por estas fechas, cada año cientos de huéspedes llegan hasta la instalación para disfrutar de esa belleza poderosa de las playas cenagueras.

Sin embargo, más allá del intenso estado de calma, mezclado con el vapor del mediodía en estos meses previos al verano, 57 cubanos, recién llegados a la Isla, permanecían en constante estado de alarma ante la posibilidad de resultar positivos al nuevo coronavirus.

Ese día Rosa Amelia llevaba justo una semana allí. Frente a la cabaña donde duerme, lava y distribuye revistas, nos recibió para detallarnos el estado del centro y los casos sospechosos, porque aunque su misión en ese sitio es supervisar las tareas y apoyar al personal, no puede desprenderse de su espontánea solidaridad y se ocupa además, de los pacientes.

“Ellos empezaron a llegar sobre las dos y media de la tarde del día 25. Entraban en diferentes grupos, y así estuvimos todo ese día hasta la madrugada del siguiente recibiéndolos. Como te imaginarás, nadie durmió esa noche”, me cuenta Rosa Amelia, mientras describe al detalle el lugar de procedencia y la hora justa en que recibió a cada uno.

“Hay una señora aquí que llegó en un sillón de ruedas por problemas circulatorios, estaba malita, incluso le aprobaron que viniera su esposos para que la ayudara y yo quisiera que te fijaras cómo está ahora. Hay una embarazada que estamos preparándole un detallito para su cumpleaños próximamente y aparte le vamos a garantizar que pueda ir a Matanzas a hacerse su chequeo que le corresponde”, me explica.

Con mucho secreto confiesa que aunque no está permitido, todos los días hace “su ronda” por las cabañas -con toda la protección necesaria por supuesto- para saber cómo están, qué necesitan y ayudarlos en lo que les haga falta.

Mientras conversa, Rosa me muestra las revistas que reparte entre los pacientes, quienes lejos de la señal de televisión y en un espacio poco favorable para la conectividad, encuentran en la lectura un entretenimiento que les permite pasar, con menos inconvenientes, las horas alejados de la familia.

En la misma sala Rosa Amelia lava a diario las sobrebatas, nasobucos y todo lo que necesiten los médicos, además colabora con la elaboración de alimentos y la venta de productos del Comercio y la Gastronomía.

Pero el trabajo de esta cenaguera, no se limita a ese espacio. Rosa permanece atenta al trabajo de su circunscripción, controla las pesquisas desde lejos, y orienta al grupo que la ha sustituido para que cumpla esta tarea pues desde que la COVID-19 entrara en Cuba, el territorio, destino de miles de turistas anulamente, evalúa al detalle cada riesgo para evitar el contagio.

“Yo hablo todos los días con mi gente y ellos me mantienen al tanto de todo. Sé que tenemos viajeros en las casas, que las colas se mantienen organizadas y no acepto que se dejen de hacer las pesquisas planificadas”, me reafirma con conocimiento de causa, pues muchas veces, según agrega, se sumaba a las labores y lograba visitar más de 70 viviendas en un día.

Rosa Amelia también habla con sus nietos cada tarde, apenas me logra decir cuánto los extraña, pues en ese momento se quiebra su voz, pero de inmediato, con el espíritu inquebrantable con que se sobrepone a todo, me dice que no tiene miedo y que ellos saben que es necesario.

La delegada más popular de la Ciénaga de Zapata

No siempre fue delegada, pero desde que comenzó se ha ganado el respeto de quienes la conocen por su amabilidad y dedicación. En su casa se han velado vecinos, se han hecho fiestas de cumpleaños y cuando ha sido necesario, ella misma ha acompañado a algún vecino o conocido con familiares ingresados.

Esa dedicación desinteresada -dice ella- le nace, quizás por esa razón es la delgada con más votos de toda la Ciénaga y la responsable de atender las inquietudes del pueblo. No hay en ella rasgo de tristeza, ni preocupación, sin embargo, su humildad le impide conversar de una de sus más dolorosas batallas en la que venció el cáncer, aunque la enfermedad la hizo dejar el trabajo como guardabosques que tanto le gustaba, para dedicarse a otras funciones con menos esfuerzo y al cuidado de su familia.

“Después trabajé en Comercio, estuve varios años allí y luego pasé al gobierno. Pero mi verdadera vocación es ayudar a la gente, a mí me da una satisfacción tan grande poder ayudar a mis electores que tú no imaginas. Por eso me hace feliz saber que me apoyan, y eso me lo ha dado, pienso yo, el trabajo diario, que nada me sea ajeno, tener bien cerca a todos los vecinos y ocuparme de sus necesidades, sus inquietudes”, cuenta con orgullo.

Dentro de algunos días Rosa Amelia estará de vuelta, sin límites de horario para los vecinos de Pálpite, con la certeza de que está donde quiera que se le necesite, una vez que cumpla con el aislamiento que le resta.

Luego de contarme todo lo feliz que la hace servir al pueblo, de haberme animado ante mi temor de estar allí, de acompañarme en la visita a Irasenia y su esposo, de ver la aplicación de las primeras pruebas rápidas, por suerte negativas en su totalidad, tal vez como si presintiera mi pregunta más obvia, me aclara:

“Te lo juro que no tengo miedo, esto para mí no es gran cosa, yo lo comparo con las tantas veces que hemos atendido aquí a los evacuados de ciclones, de la inundación del Cayo hace un par de años. La única diferencia es el peligro claro, pero por suerte el equipo médico y todos los que trabajamos aquí nos cuidamos mutuamente. Cuando eso se da de manera tan natural y se tiene buenas relaciones, lo demás se resuelve con la precaución. Créeme, aquí estaré mientras me necesiten”. (Fotos de la autora)

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