Dostoievski, un tango y los úrsidos de Kamchatka

A veces la vida es como un bandoneón, de esos de los que llevaron los emigrados alemanes a la tierra del “che, boludo” a principios del siglo XX y terminó convirtiéndose en instrumento sagrado. Sagrado, sí, pero ya no más de iglesias evangélicas, sino para las desgarradoras voces del tango, para los que viven en las pasiones terribles. La vida parece un tango a veces, llena de calamidades en medio del patetismo más raigal.

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